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La mujer de hielo

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La mujer de hielo

Dicen que todos tenemos quién nos ladee la silla. En el sexo siempre encontramos a la persona que nos pone los ojos en blanco y a mi me pasó. Durante largo tiempo tuve varios novios con los que anduve unos meses. Teníamos buen sexo, me hacían venir y lo disfrutaba estando con ellos. Incluso llegué a tener dos comensales a la vez, lo que le añadió mucha emoción al sexo porque tenía que evitar que se dieran cuenta que los estaba corneando a los dos.

Menú diferente

Usted sabe que la tota se lava con agua y jabón y nadie se da cuenta que uno estuvo primero. Me lavaba minuciosamente y trataba que no quedara rastro de semen, aunque eso era imposible porque si los pegaba muy cerca cuando me comían al rato se hacía una espuma inequívoca de residuos de leche ajena, una especie de mantequilla. A veces le daba la totín a uno y el fullín al otro, así los dos se iban felices, aunque el que comía chocolate se iba más contento por lo exótico del platillo tan codiciado por los hombres. Sobre todo porque tengo una retaguardia grande y firme.

Ninguno me llenaba

No sé porque, pero todo el que me coge quiere más que todo ponerme en cuatro para mandarmelo por atrás. Así que tengo un esfínter anal acostumbrado al uso y al abuso. No tengo problemas con el tamaño porque mi primer hombre era grande así que me abrió todos los caminos al máximo. Con todo, yo siempre sentía que me faltaba algo y aunque lo disfrutaba no me llenaba ninguno.

Se derrite de placer

Hasta que lo conocí, un “man” trabajador de la construcción que me puso con el pote al aire y me lo rajó a punta de golpes con su miembro, un gran ejemplar de hombre, largo y grueso que da miedo, pero no solo eso sino que lo suena bien duro contra mi concha que se derrite de placer. Nadie me había puesto a gozar de esa manera y a nadie me había entregado de corazón. Estamos enamorados y estoy esperando que me proponga mudarnos juntos porque no quiero otra cosa que me tenga con las piernas arriba y el metido hasta la misma cacha del cuchillo. No hay nada más rico que mi hombre.

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