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La misericordia

Por: Roquel Iván Cárdenas Catequista

El santo padre nos proclama una y otra vez: “Estamos viviendo el tiempo de la misericordia. Este es el tiempo de la misericordia. Hay tanta necesidad hoy de misericordia, y es importante que los fieles laicos la vivan y la lleven a los diversos ambientes sociales. ¡Adelante!”.

En el AT, la misericordia es “rehamîm”, que designa propiamente las "vísceras", pero que en sentido metafórico señala aquel sentimiento íntimo, profundo y amoroso que liga a dos personas por lazos de sangre o de corazón, como  la madre o al padre con su propio hijo.

El profeta Jeremías dice: “¿Es un hijo tan caro para mí, Efraín, o niño tan mimado, que tras haberme dado tanto que hablar, tenga que recordarlo todavía?  Pues, en efecto, se han conmovido mis entrañas por él; ternura hacia él no ha de faltarme -oráculo de Yahvé-” (Jeremías 31, 20). La figura del padre y la madre que son capaces de mostrar misericordia por su hijo o hija rebelde, la Escritura lo presenta como una imagen adecuada  para mostrar la misericordia divina.

Pero como toda analogía (sobre todo para con Dios), a pesar de ser adecuada para designar el misterio, también es sano reconocer sus límites. La misma Biblia nos lo manifiesta con un hermoso texto que, si meditamos a profundidad, puede resultar conmovedor hasta las lágrimas.

“¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque esas llegasen a olvidar, yo no te olvido” (Isaías 49, 15).

El misterio de Cristo es la máxima manifestación de la misericordia divina. En su rostro podemos con confianza buscar el rostro del “Padre misericordioso y Dios de toda consolación” (2Corintios 1, 3).

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